Más de 1.000 hectáreas arden en el área radiactiva, un refugio para lobos, osos y especies raras. Autoridades monitorean la radiación en medio de tensiones por la caída de drones.
Lejos de ser un desierto sin vida, la Zona de Exclusión es hoy un laboratorio natural sin precedentes. La ciencia revela cómo la fauna se adapta a la radiación y plantea una pregunta incómoda: ¿es la actividad humana más devastadora que un desastre nuclear?