La Ley de Glaciares, sancionada en 2010 para proteger las fábricas de agua del país, enfrenta una propuesta de reforma que ha encendido las alarmas en la comunidad científica y movilizado a la ciudadanía como pocos temas lo han hecho. Con más de 27.000 personas inscritas para participar en las audiencias públicas, la discusión trasciende los pasillos del Congreso.
¿Qué protege la ley actual?
Para entender la magnitud de lo que está en juego, es vital comprender el rol de los ecosistemas que la ley vigente resguarda. La normativa no solo protege a los glaciares visibles, esas imponentes masas de hielo, sino también al ambiente periglaciar, un área a su alrededor donde el suelo congelado (permafrost) cumple una función hídrica igualmente esencial. Juntos, estos sistemas actúan como gigantescas esponjas congeladas que almacenan agua durante el invierno y la liberan lentamente durante los meses de sequía, regulando el caudal de los ríos de los que depende gran parte del país.
Según especialistas, cerca del 70% del territorio nacional depende directa o indirectamente de estas cuencas hídricas. No se trata solo de agua para consumo humano, sino del sustento para innumerables actividades productivas, desde la agricultura hasta la ganadería. Perder o dañar estas reservas no es una opción, es comprometer la viabilidad de regiones enteras.
Los cambios propuestos y la sombra de la minería
El proyecto de reforma, que ya cuenta con media sanción del Senado, busca flexibilizar las restricciones actuales. La iniciativa del gobierno nacional propone modificar los límites de protección y redefinir qué se considera «ambiente periglaciar». En la práctica, esto podría reducir significativamente la superficie protegida, abriendo la puerta a actividades extractivas como la minería a gran escala y la explotación de hidrocarburos en zonas que hoy están vedadas.

El argumento oficial se centra en mejorar la previsibilidad para las inversiones y potenciar la explotación de recursos como el litio y el cobre. Sin embargo, las voces críticas advierten sobre la posible contaminación de las nacientes de los ríos con metales pesados, la alteración irreversible del ciclo del agua y una mayor vulnerabilidad frente al cambio climático. Al afectar la capacidad de regulación de los glaciares, podríamos enfrentarnos a inundaciones en primavera y sequías severas en verano.
Un impacto que trasciende la cordillera
Aunque los glaciares se asocian a la Cordillera de los Andes, su impacto es nacional. Un claro ejemplo es la postura de la provincia de Buenos Aires. Su ministra de Ambiente, Daniela Vilar, expresó un firme rechazo a la reforma, subrayando la interconexión hídrica que une al país. Aunque Buenos Aires no tiene glaciares, parte de su territorio depende del Río Colorado, un curso de agua que nace en la cordillera y atraviesa cinco provincias antes de llegar a los distritos de Villarino y Patagones, donde sostiene importantes sistemas de riego.
«La afectación de los glaciares en la cordillera tendría un impacto directo en el caudal del Río Colorado y, por ende, en la producción de nuestra provincia», señalan desde el ministerio bonaerense. Este caso ilustra a la perfección cómo la degradación de un ecosistema a miles de kilómetros puede tener consecuencias económicas y sociales en otra punta del mapa, desmitificando la idea de que se trata de un problema exclusivamente andino.
Participación ciudadana y el desafío a futuro
El masivo interés ciudadano en las audiencias públicas demuestra que la sociedad percibe la gravedad del asunto. La discusión no es meramente técnica o económica, sino profundamente social y ética. Organizaciones ambientales y especialistas cuestionan que la reforma pueda entrar en conflicto con normativas superiores, como el Acuerdo de Escazú —que garantiza el acceso a la información y la participación en asuntos ambientales— y el propio artículo 41 de la Constitución Nacional, que consagra el derecho a un ambiente sano.
Frente a la propuesta de flexibilización, los expertos sugieren un camino alternativo: fortalecer la implementación de la ley actual, mejorando el monitoreo satelital y actualizando el Inventario Nacional de Glaciares. El dilema de fondo, que esta reforma pone sobre la mesa, es si Argentina opta por un modelo de desarrollo extractivista de corto plazo o apuesta por una economía sostenible que proteja sus recursos más valiosos.
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