Una tragedia humanitaria y ambiental se desarrolla en el sur y centro de Mozambique, donde las intensas lluvias e inundaciones que azotan la región desde octubre ya han cobrado la vida de al menos 124 personas y afectado a más de 723.000. Las cifras, confirmadas por fuentes oficiales, pintan un panorama desolador mientras los equipos de rescate continúan trabajando contrarreloj para salvar a quienes siguen atrapados por el agua.
Una crisis prolongada y silenciosa
A diferencia de un desastre súbito, la situación en Mozambique es el resultado de una temporada de lluvias excepcionalmente severa que se ha extendido por meses. Esta acumulación constante de precipitaciones ha saturado el suelo y desbordado los ríos, convirtiendo vastas áreas en zonas anegadas e inaccesibles. La emergencia no solo se mide en las víctimas fatales, sino también en la enorme cantidad de desplazados, la destrucción de cultivos y la pérdida de infraestructuras básicas, lo que agrava la vulnerabilidad de miles de familias.
Los esfuerzos de rescate se concentran en los distritos más aislados, donde comunidades enteras han quedado incomunicadas. La logística es compleja y la necesidad de ayuda humanitaria —alimentos, agua potable, refugio y atención médica— es urgente para evitar el brote de enfermedades transmitidas por el agua, como el cólera.
La huella innegable del cambio climático
Este devastador temporal no es un hecho aislado. Mozambique, por su extensa costa en el Océano Índico y su geografía de tierras bajas, es uno de los países más expuestos del mundo a los fenómenos meteorológicos extremos. Los científicos advierten que el cambio climático está intensificando la frecuencia y la fuerza de ciclones, sequías e inundaciones en la región del sur de África.
La tragedia actual subraya la urgente necesidad de invertir en sistemas de alerta temprana más eficaces y en infraestructuras resilientes. Para naciones como Mozambique, la adaptación al cambio climático no es una opción a futuro, sino una necesidad de supervivencia inmediata. Este evento es un crudo recordatorio de que los impactos de la crisis climática golpean con mayor dureza a las poblaciones que menos han contribuido a generarla, planteando un profundo desafío de justicia ambiental a escala global.





