En una revelación que expone una de las mayores contradicciones de nuestra era, se ha determinado que el mundo gasta treinta veces más en subsidios que destruyen la naturaleza que en financiar su protección. Esta alarmante disparidad no es solo una cifra en un informe; es el motor económico detrás de muchas de las crisis ambientales que enfrentamos, desde la pérdida de biodiversidad hasta la intensificación de desastres naturales.
Una Contradicción Económica Global
Mientras los esfuerzos por conservar ecosistemas vitales luchan por obtener financiamiento, miles de millones de dólares fluyen anualmente hacia industrias como los combustibles fósiles, la agricultura industrial insostenible y la pesca destructiva. Estos subsidios, a menudo justificados en nombre del crecimiento económico o la seguridad energética, tienen un costo oculto devastador: la degradación de los sistemas naturales que sustentan la vida en la Tierra.
La inversión en la destrucción supera con creces el capital destinado a áreas protegidas, proyectos de reforestación, investigación científica para la conservación y el desarrollo de tecnologías limpias. Se trata de una lógica económica que prioriza la ganancia a corto plazo por sobre la resiliencia a largo plazo, una apuesta que, como demuestran los hechos, estamos perdiendo.
Las Consecuencias Visibles: El Espejo de Chile
La tragedia reciente en Chile, donde incendios forestales devastadores han cobrado vidas y dejado a miles de personas sin hogar, sirve como un crudo recordatorio de estas prioridades desalineadas. Si bien las causas de un incendio son complejas, la falta de inversión en manejo forestal preventivo, la degradación de los ecosistemas nativos y los efectos acelerados del cambio climático —impulsado por las industrias subsidiadas— crean un cóctel perfecto para la catástrofe.
Lo que ocurre en Chile no es un hecho aislado, sino un síntoma de un problema sistémico. Cada hectárea quemada, cada especie en peligro y cada comunidad desplazada por un desastre ambiental es un testimonio del desequilibrio entre lo que decimos valorar y lo que realmente financiamos como sociedad global.
Este desequilibrio financiero plantea una pregunta fundamental: ¿estamos invirtiendo en nuestra supervivencia o en nuestra propia desaparición? La solución no radica únicamente en aumentar los fondos para la conservación, sino en desmantelar activamente los sistemas económicos que incentivan la degradación ambiental. Reorientar estos flujos masivos de capital hacia una economía regenerativa es, quizás, el mayor desafío y la oportunidad más grande de nuestro tiempo.





