La presencia persistente de mosquitos dejó de ser una simple molestia estacional y se convirtió en una señal de un problema ambiental de mayor profundidad. En ese marco, la deforestación aparece como un factor determinante que altera los equilibrios ecológicos y acerca los riesgos sanitarios a las poblaciones humanas.
El Bosque Atlántico y su valor ecológico
A lo largo de la costa de Brasil, Paraguay y Argentina se extiende el Bosque Atlántico, uno de los ecosistemas con mayor biodiversidad del planeta. Este ambiente alberga miles de especies vegetales y animales, muchas de ellas endémicas, y cumple un rol clave en la regulación de procesos ecológicos fundamentales.
Sin embargo, esa riqueza natural convive hoy con una reducción drástica de su superficie, lo que compromete su capacidad de sostener funciones ambientales esenciales.
De un ecosistema continuo a un territorio fragmentado
Originalmente, el Bosque Atlántico ocupaba una extensión equivalente a casi seis veces el estado mexicano de Chihuahua. En la actualidad, solo conserva una porción cercana al tamaño de ese territorio, lo que evidencia una pérdida acelerada de cobertura forestal.
Este retroceso se vincula con el avance del turismo masivo, la tala con fines agrícolas, madereros y papeleros, así como con la expansión de las áreas urbanas. Como resultado, numerosas especies desaparecieron o vieron reducido su hábitat natural.
La fragmentación del bosque genera, además, cambios en la dinámica de las poblaciones animales y en la disponibilidad de alimento para insectos y otros organismos.

Mosquitos adaptados a un entorno degradado
En este nuevo escenario, los mosquitos encuentran cada vez menos fauna silvestre para alimentarse. En consecuencia, se adaptan con rapidez y se desplazan hacia zonas pobladas en busca de sangre humana.
Investigaciones realizadas en la región indican que una proporción creciente de estos insectos se alimenta principalmente de personas, lo que incrementa el riesgo de transmisión de enfermedades infecciosas. De este modo, la degradación ambiental no solo impacta en la biodiversidad, sino que también modifica los patrones epidemiológicos en amplias zonas de América del Sur.
Enfermedades asociadas y aumento del riesgo sanitario
El mosquito actúa como vector de enfermedades como dengue, zika y chikunguña, todas ellas con un impacto significativo en la salud pública. Estas infecciones pueden provocar fiebre alta, dolores articulares persistentes, complicaciones neurológicas y, en algunos casos, consecuencias graves.
Entre 2022 y 2024, América registró un aumento sostenido de casos, superando los 13 millones de personas afectadas. Este crecimiento coincide con la expansión de áreas deforestadas y el incremento de las temperaturas.
Asimismo, el calentamiento global amplía las zonas aptas para la reproducción del mosquito, extendiendo el riesgo a regiones que anteriormente presentaban menor exposición.
Un desafío ambiental y social compartido
La combinación de deforestación, pérdida de biodiversidad y cambio climático configura un escenario propicio para futuras crisis sanitarias. Frente a este panorama, la prevención requiere tanto políticas ambientales sólidas como estrategias de salud pública efectivas.
Proteger el Bosque Atlántico y otros ecosistemas implica no solo conservar especies, sino también reducir la probabilidad de nuevas epidemias. En definitiva, el cuidado del ambiente se vincula de manera directa con la protección de la salud colectiva.
Sin acciones integrales y sostenidas, la presencia persistente del mosquito seguirá siendo un recordatorio de una deuda ambiental aún pendiente.
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