Durante los últimos 18 años, la Fundación Vida Silvestre Argentina ha liderado un esfuerzo monumental logrando más de 270.000 árboles nativos plantados, iniciando la restauración de 820 hectáreas de selva. Este logro no es solo una cifra, sino el resultado del compromiso compartido con 260 familias rurales de Misiones, protagonistas de una transformación que une la conservación de la biodiversidad con la mejora de su calidad de vida.
De la semilla al bosque
La restauración de un ecosistema tan complejo como la selva misionera no se limita a plantar árboles, sino que forma parte de un proceso integral que Fundación Vida Silvestre Argentina ha perfeccionado a lo largo de casi dos décadas. El proyecto “Restaurando la selva misionera por las personas y la naturaleza” contempla todas las etapas del ciclo, desde la recolección de semillas hasta el monitoreo de los nuevos bosques en crecimiento.
El proceso comienza en el vivero “Andrés Johnson”, ubicado en la Reserva de Vida Silvestre Urugua-í, donde se producen los plantines de especies nativas que luego regresarán al suelo para impulsar la recuperación de la selva.

“Durante todos estos años el trabajo en restauración estuvo marcado por un proceso continuo de aprendizajes, tanto para nosotros como organización como para las familias que se fueron sumando”, explica Lucía Lazzari, coordinadora de biodiversidad de la Fundación Vida Silvestre Argentina. Según Lazzari, la clave del éxito radica en abordar el desafío de manera holística: “Hoy, con 18 años de experiencia, logramos abordar la restauración de manera integral, desde la recolección de semillas y la producción de plantines, pasando por la evaluación de áreas prioritarias para la restauración, hasta el acompañamiento a las familias y la plantación en terreno”.
Desarrollo sostenible y agua segura
Cabe señalar que, uno de sus pilares del proyecto, es el fortalecimiento de las actividades productivas de las familias locales. En colaboración con el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y la Municipalidad de San Pedro, se impulsan sistemas agroforestales que integran la biodiversidad nativa con cultivos tradicionales, especialmente la yerba mate. Este enfoque no solo crea paisajes más resilientes y diversos, sino que también mejora la productividad de las chacras, generando un modelo económico en armonía con el entorno.
Además de la tierra, el proyecto se enfoca en un recurso vital: el agua. A través de intervenciones sencillas pero efectivas en vertientes naturales, se protege la fuente y se instalan sistemas de captación y bombeo que garantizan un abastecimiento seguro y sostenible para el consumo familiar y productivo.
Para consolidar estas prácticas, se han realizado más de 30 capacitaciones técnicas en áreas como apicultura, ganadería y horticultura, empoderando a las comunidades con herramientas para un futuro más próspero y amigable con el ambiente.
Corredores para el Yaguareté
En ese sentido, la investigación científica ha demostrado la necesidad crítica de recuperar los corredores biológicos, rutas naturales que permiten a especies como el yaguareté desplazarse, alimentarse y reproducirse. Inicialmente, los esfuerzos se centraron en el municipio de Comandante Andresito, fortaleciendo el corredor entre los Parques Provinciales Urugua-í y Foerster. Desde 2020, las acciones se expandieron a San Pedro, buscando enlazar el Parque Provincial Cruce Caballero con la Reserva de Biósfera Yabotí.
Para asegurar la perpetuidad de estos corredores, Vida Silvestre también ha realizado aportes concretos al sistema de áreas protegidas. Mediante la compra y donación de tierras, se han asegurado un total de 543 hectáreas para la conservación, que fueron anexadas a parques provinciales y nacionales, blindando para siempre estos pasajes de vida silvestre.
Como concluye Lucía Lazzari, la tarea es fundamental para todos: “La pérdida de los bosques no sólo afecta a la biodiversidad, también impacta directamente en la vida de las personas. Los bosques brindan servicios ecosistémicos esenciales. Restaurarlos significa recuperar su funcionalidad ecológica y, al mismo tiempo, mejorar la calidad de vida de quienes habitan estos paisajes”. Un recordatorio de que, al sanar la tierra, también aseguramos nuestro propio futuro.
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