Un consorcio de ingenieros y científicos climáticos, con participación de especialistas vinculados a la NASA, presentó un proyecto para construir un parasol espacial capaz de bloquear el 1% de la radiación solar que llega a la Tierra. La iniciativa contempla desplegar unos 5.000 satélites y apunta a reducir la temperatura global en aproximadamente 1 °C. Sin embargo, su viabilidad técnica, los costos y los posibles impactos ambientales generan cuestionamientos dentro de la comunidad científica.
El análisis, difundido por el Planetary Sunshade Institute, una organización sin fines de lucro con sede en Los Ángeles, plantea que la tecnología podría estar disponible dentro de 20 a 40 años, siempre que se produzcan avances en los sistemas de lanzamiento espacial y en la capacidad de transportar grandes cantidades de materiales fuera de la Tierra.
La propuesta forma parte de la geoingeniería solar, un campo que estudia diferentes métodos para reducir la cantidad de radiación que llega a la superficie terrestre. En este caso, el objetivo es instalar un sistema de estructuras reflectantes entre el Sol y la Tierra para generar una sombra parcial y disminuir el calentamiento del planeta.
Cómo funcionaría el parasol espacial
A diferencia de un paraguas convencional, el proyecto no contempla una estructura única, sino un conjunto de miles de dispositivos que trabajarían de manera coordinada. La ubicación prevista sería más allá del punto de Lagrange L1, situado a unos 2,37 millones de kilómetros de la Tierra, donde se equilibran las fuerzas gravitatorias del Sol y del planeta.
Desde esa posición, el sistema podría proyectar una sombra continua sobre la Tierra y controlar la cantidad de radiación solar que llega a la atmósfera.
El informe analiza dos alternativas tecnológicas. La principal consiste en desplegar una constelación de satélites denominados heliogiroscopios, estructuras circulares de 40 kilómetros de diámetro que contarían con láminas reflectantes extremadamente delgadas.
Estos dispositivos girarían sobre sí mismos para conservar su forma mediante la fuerza centrífuga. Además, aprovecharían la presión de radiación solar, es decir, la fuerza que ejercen los fotones al impactar sobre una superficie, para desplazarse sin utilizar combustible.
La ingeniera de sistemas espaciales de la Universidad de Nottingham, Chantal Cappelletti, destacó que esta tecnología permitiría controlar la sombra proyectada y modificar su funcionamiento según las necesidades.
Para alcanzar una reducción de temperatura de 1 °C, los investigadores estiman que serían necesarias unas 5.000 naves, construidas con cerca de 70 millones de toneladas de materiales. Esa cantidad equivale a unas 1.500 veces el peso de todos los objetos que la humanidad lanzó al espacio hasta el momento.
La segunda alternativa estudiada consiste en colocar una nube de polvo reflectante en órbita, cuya posición sería mantenida mediante naves de control o pastoras que utilizarían campos eléctricos. Aunque esta opción requeriría transportar cientos de veces menos masa, los propios investigadores la consideran más especulativa.
Los costos y la logística representan un desafío
La implementación del parasol espacial demandaría una capacidad de transporte y lanzamiento sin precedentes. Según el informe, sería necesario desarrollar cohetes capaces de trasladar millones de toneladas de materiales al espacio profundo.
Cappelletti señaló que la iniciativa no es imposible desde el punto de vista de la ingeniería, aunque requeriría una cantidad muy elevada de lanzamientos. En cuanto a los costos, las estimaciones mencionadas en el análisis apuntan a decenas de billones de dólares.
Además, el proyecto plantea la necesidad de una cooperación internacional para coordinar el desarrollo, la construcción y el funcionamiento de una estructura de semejante escala.
Entre las principales objeciones aparece el impacto ambiental de los miles de lanzamientos de cohetes necesarios para completar el sistema. A esto se suma la preocupación de que la investigación sobre geoingeniería solar desplace la atención de una medida considerada prioritaria por sus críticos, que es reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.
Morgan Goodwin, director ejecutivo del Planetary Sunshade Institute, reconoció esa tensión y sostuvo que el avance de la crisis climática impulsa la búsqueda de alternativas para reducir la temperatura global.
Los riesgos ambientales mantienen abierto el debate científico
La geoingeniería solar genera preocupación por sus posibles consecuencias sobre los sistemas naturales. La Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) advierte que las técnicas destinadas a gestionar la radiación solar podrían producir efectos sobre la salud y el ambiente que todavía no se comprenden completamente.
Entre los impactos potenciales se mencionan alteraciones en los ciclos de lluvias y sequías, modificaciones en los ecosistemas y riesgos respiratorios.
En comparación con otras técnicas, como la inyección de aerosoles estratosféricos, el parasol espacial tendría una diferencia importante, ya que no introduciría partículas directamente en la atmósfera terrestre. Sin embargo, esto no elimina los riesgos asociados con su construcción y funcionamiento.
Un documento publicado en la revista Advances in Space Research identifica otros problemas técnicos y ambientales. Entre ellos figuran el deterioro de las naves por impactos de micrometeoritos y la exposición a la radiación ultravioleta, además de la contaminación estratosférica que podrían generar los numerosos lanzamientos.
También se advierte sobre la dificultad de mantener y controlar millones de unidades en una posición orbital inestable.
El científico climático de la Universidad de Cornell, Daniele Visioni, reconoció que inicialmente consideraba la propuesta una idea cercana a la ciencia ficción. Sin embargo, después de participar en un encuentro sobre ingeniería espacial, modificó parcialmente su postura, aunque mantiene reservas sobre los plazos de implementación. Según expresó a Nature, todavía no considera que la tecnología pueda ser viable antes de finales de este siglo.
Las próximas décadas serán determinantes
Los investigadores coinciden en que los próximos 20 años serán decisivos para determinar si el proyecto puede avanzar. Para ello, será necesario desarrollar y probar tecnologías vinculadas con las velas solares, los sistemas de ensamblaje en órbita y el control de grandes estructuras espaciales.
El informe del Planetary Sunshade Institute plantea que, sin misiones precursoras que permitan aumentar la madurez tecnológica de estos sistemas, sería difícil cumplir con el objetivo de iniciar operaciones hacia 2040.
Mientras tanto, la propuesta continúa en una etapa de investigación y evaluación. Su posible aplicación abre interrogantes sobre los límites de la geoingeniería solar, los riesgos ambientales y el papel que estas tecnologías podrían ocupar frente a la necesidad de reducir las emisiones que provocan el calentamiento global.
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