En un giro inesperado de la naturaleza, el Desierto de Atacama en Chile, célebre por ser el lugar más árido del planeta, se ha cubierto de un insólito manto blanco. Extensas y potentes tormentas de nieve paralizaron la región durante el mes de agosto, interrumpiendo no solo la vida local sino también la observación del universo desde algunos de los complejos astronómicos más importantes del mundo.
La astronomía en pausa
El impacto más notable se sintió en la meseta de Chajnantor, a más de 5.000 metros de altura, donde el radiotelescopio Atacama Large Millimeter Array (ALMA), el mayor proyecto astronómico del mundo, tuvo que detener por completo sus operaciones. Las intensas nevadas y los fuertes vientos hicieron imposible que sus 66 antenas de alta precisión continuaran escudriñando el cosmos. La elección de Atacama para estos observatorios se debe precisamente a su extrema aridez, que garantiza cielos despejados la mayor parte del año, una condición que este evento ha puesto en jaque.
Las imágenes capturadas por los satélites Landsat 8, Landsat 9 y Terra de la NASA son elocuentes: vastas áreas volcánicas, normalmente de tonos ocres y rojizos, aparecen cubiertas por una gruesa capa de nieve. Este registro satelital es un testimonio visual de la magnitud de un fenómeno que los expertos consideran sin precedentes por su extensión geográfica.
¿Qué está pasando en el Pacífico?
Pero, ¿cómo es posible que nieve en el desierto más seco? La respuesta se encuentra en una poderosa vaguada atmosférica de gran escala, según explica René Garreaud, científico de la Universidad de Chile. Este sistema de baja presión se desplazó desde el extremo sur del continente hacia latitudes subtropicales, transportando una cantidad inusual de humedad y aire frío hacia el interior del desierto.
Este fenómeno no es un hecho aislado, sino que se enmarca en un contexto climático más amplio. Los expertos asocian el aumento de estas tormentas extremas con el fortalecimiento del fenómeno de El Niño en el Océano Pacífico. Este evento altera los patrones de presión del anticiclón del Pacífico Sur, debilitando la barrera natural que normalmente impide que los frentes de tormenta alcancen estas zonas hiperáridas, acostumbradas a recibir casi nulas precipitaciones.
Del desierto a la costa: inundaciones y desafíos
El temporal no se limitó a las alturas andinas. La franja costera también sintió su fuerza con una intensidad inusual. La ciudad de Taltal, por ejemplo, registró cerca de 40 milímetros de lluvia en apenas tres días, un volumen de agua extraordinario para una región que puede pasar años sin precipitaciones significativas. Como resultado, el Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (SENAPRED) reportó inundaciones y aluviones de barro que afectaron a miles de personas, evidenciando la vulnerabilidad de la infraestructura local ante eventos climáticos para los que no está preparada.
Aunque en 2011 y 2015 ya se habían registrado nevadas en la región, el evento de agosto de 2026 marca un nuevo hito por su alcance, con la nieve llegando a pocos kilómetros de la costa de Antofagasta. Este paisaje surrealista de un desierto blanco no es solo una postal para el asombro; es un poderoso recordatorio de que nuestro planeta está en un proceso de cambio acelerado. Eventos como este nos obligan a repensar los límites de lo «normal» y a prepararnos para un futuro donde lo inesperado podría convertirse en la nueva norma.
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