Un reciente desastre en la frontera entre Nepal y el Tíbet ha encendido las alarmas globales sobre las inundaciones repentinas causadas por el desbordamiento de lagos glaciares (conocidas por su sigla en inglés, GLOF). Lejos de ser un problema exclusivo de los Himalayas, un estudio publicado en Nature Communications revela que cerca de 15 millones de personas en todo el mundo están expuestas a este riesgo, y los Andes, incluyendo la Patagonia argentina, figuran como una de las zonas más vulnerables.
Un mapa de riesgo que mira hacia el sur
El retroceso de los glaciares, una de las consecuencias más visibles del calentamiento global, no solo implica la pérdida de majestuosos cuerpos de hielo. A medida que se derriten, dan lugar a la formación o expansión de lagos proglaciares, enormes masas de agua contenidas por morrenas, que son barreras inestables de roca y sedimento. Cuando estas barreras ceden, ya sea por la presión del agua, un sismo o un desprendimiento de hielo o roca, liberan un torrente devastador aguas abajo.
En Argentina, el mapa de riesgo se concentra en dos áreas críticas. La primera es la Patagonia Austral, que abarca el imponente Campo de Hielo Patagónico Sur y las cuencas de los lagos Argentino y Viedma. Esta región, hogar de glaciares icónicos cercanos a El Calafate y El Chaltén, es un laboratorio natural donde los científicos monitorean constantemente el retroceso del hielo y la estabilidad de las laderas montañosas. Un caso emblemático es el del Cerro Solo, cerca de El Chaltén, donde se ha identificado el potencial de un deslizamiento de tierras tan significativo que ha llevado a proponer la implementación de sistemas de monitoreo y alerta temprana para proteger a las comunidades cercanas.
La segunda región de interés es Tierra del Fuego. Aunque sus glaciares son de menor tamaño, como el Martial, Vinciguerra y Alvear, el Inventario Nacional de Glaciares ha documentado su marcado retroceso, lo que subraya la necesidad de una evaluación detallada de los riesgos asociados en el extremo sur del continente.
El cambio climático como acelerador silencioso
El principal motor detrás de esta creciente amenaza es el cambio climático. El aumento de las temperaturas no solo acelera el derretimiento de los glaciares, sino que también desestabiliza el entorno montañoso en su conjunto. El derretimiento del permafrost, el suelo permanentemente congelado que actúa como un cemento natural en las altas montañas, debilita las laderas, aumentando la probabilidad de deslizamientos que pueden caer en los lagos glaciares y provocar un desborde catastrófico.
Este fenómeno transforma paisajes que antes eran considerados eternos en escenarios dinámicos y potencialmente peligrosos. La ciencia, por tanto, juega un papel crucial no para sembrar alarma, sino para proporcionar las herramientas necesarias para la prevención y la adaptación. Evaluar la estabilidad de las barreras naturales, monitorear el volumen de los lagos y comprender los posibles detonantes son pasos fundamentales para mitigar el peligro.
De los Himalayas a los Andes: una amenaza compartida
Aunque la Patagonia está en el foco de la preocupación regional, el problema tiene una escala planetaria. Las altas montañas de Asia, especialmente el Himalaya, concentran la mayor parte de la población mundial expuesta. Países como China, Pakistán e India, junto con Perú en nuestra propia cordillera andina, enfrentan los mayores desafíos en términos de vidas humanas en riesgo.
Esta perspectiva global demuestra que el retroceso glaciar no es solo una postal melancólica de la crisis climática, sino una amenaza directa a la seguridad de millones. La experiencia en otras latitudes y el avance en tecnologías de monitoreo pueden ofrecer lecciones valiosas para Argentina. La ciencia nos está dando un aviso claro: los gigantes de hielo están cambiando, y nuestra capacidad para escuchar y actuar determinará la seguridad de quienes viven a su sombra.
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