jueves, febrero 19, 2026
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El fenómeno El Niño regresa: cómo afectará al clima global este año

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El gran regulador climático del Pacífico se prepara para un cambio de guardia. Científicos del Centro de Predicciones Climáticas de la NOAA han anticipado el regreso del fenómeno El Niño para el verano de 2026, un evento que promete reconfigurar los patrones meteorológicos a escala global. Su llegada podría traer consigo una nueva ola de lluvias torrenciales, tormentas intensas y sequías devastadoras, aunque la magnitud de su impacto todavía es objeto de estudio y genera una cautelosa expectativa en la comunidad científica.

Un gigante climático que despierta en el océano

Para entender su alcance, primero hay que comprender su naturaleza. El Niño es un fenómeno natural que consiste en el calentamiento anómalo de las aguas superficiales en el Océano Pacífico central y oriental, a lo largo de la línea del Ecuador. Normalmente, los vientos alisios empujan las aguas cálidas hacia el oeste, acumulándolas cerca de Asia y Australia. Sin embargo, durante un evento de El Niño, estos vientos se debilitan o incluso invierten su dirección, permitiendo que la inmensa masa de agua caliente se desplace hacia la costa de Sudamérica. Este cambio, que ocurre en ciclos de tres a siete años y suele durar entre nueve y doce meses, tiene un efecto dominó en la atmósfera, alterando las corrientes en chorro y los sistemas de tormentas en todo el mundo.

No hay que ir muy lejos para recordar su poder. El último fenómeno de El Niño, que tuvo lugar entre 2022 y 2023, fue uno de los principales responsables de las temperaturas mundiales récord registradas en ese período, ya que el océano liberó una enorme cantidad de calor a la atmósfera.

El pronóstico para 2026: entre la certeza y la incertidumbre

Actualmente, el Pacífico está en la fase final de La Niña, la contraparte fría de El Niño. Según la NOAA, a medida que La Niña se desvanezca, el océano transitará hacia una fase neutra antes de dar paso a un El Niño de crecimiento lento hacia finales del verano. «Para finales del verano y más adelante, hay entre un 50 y un 60 por ciento de probabilidades de que se forme El Niño«, indicó la institución en su último comunicado. Sin embargo, los expertos advierten que los pronósticos realizados con tanta antelación «siguen teniendo una incertidumbre considerable» y se irán ajustando en los próximos meses.

Michelle L’Heureux, jefa del equipo de El Niño-Oscilación del Sur de la NOAA, explicó que uno de los efectos más conocidos es el desplazamiento de la corriente en chorro sobre el Pacífico norte. Esto suele traducirse en un invierno más húmedo para el sur de Estados Unidos, mientras que los estados del norte tienden a experimentar condiciones más secas. A pesar de esto, L’Heureux subraya que el próximo invierno en Norteamérica todavía está «muy lejos» para hacer predicciones detalladas.

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Un efecto dominó con consecuencias planetarias

El desplazamiento de esta gigantesca piscina de agua cálida desencadena una serie de impactos climáticos extremos en diversas regiones. Shang-Ping Xie, científico del clima del Instituto Scripps de Oceanografía, detalla que mientras la costa del Pacífico y el suroeste de Estados Unidos pueden enfrentar fuertes tormentas invernales, deslizamientos de tierra e inundaciones, otras zonas sufren el efecto contrario. India podría ver un retraso en su vital temporada de monzones, y Australia y el sudeste asiático se preparan para un aumento del riesgo de sequías e incendios forestales. Curiosamente, una de las pocas consecuencias positivas es que la actividad de huracanes en el Océano Atlántico y el Caribe tiende a disminuir.

Las señales ya son visibles para los instrumentos científicos. Xie señaló que desde enero se detecta una tendencia al calentamiento en el Pacífico ecuatorial. «La capa cálida de la superficie se está haciendo más gruesa», afirmó. Este dato se suma a una realidad preocupante: en 2025, el contenido de calor de la capa superior de los océanos alcanzó un nivel récord por quinto año consecutivo. Dado que los océanos han absorbido el 90% del exceso de calor del planeta generado por la actividad humana, cada nuevo ciclo de El Niño se desarrolla sobre un escenario de base mucho más cálido, lo que potencia la incertidumbre y la posibilidad de que sus efectos sean cada vez más intensos.

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