Durante décadas, el concepto de “ahorrar energía” estuvo asociado principalmente a gestos cotidianos. Apagar luces, desenchufar cargadores, moderar el uso del aire acondicionado o calefacción y evitar desperdicios se consideraban prácticas responsables y necesarias para cuidar el bolsillo y el medio ambiente. Sin embargo, hoy, en plena transición energética global, el ahorro dejó de ser una acción exclusivamente individual para convertirse en un factor estructural, capaz de impactar en la producción, la competitividad de los sectores productivos y la equidad social de los países.