viernes, agosto 29, 2025
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Montecarlo fue sede de la Feria de Intercambio de Semillas Nativas y Criollas

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El Jardín Botánico de Montecarlo fue escenario de una jornada distinta, cargada de sentido y simbolismo. No se trató de una feria convencional, ni hubo puestos de venta ni precios marcados. Fue un espacio donde la moneda de cambio fue el saber, la semilla y el compromiso con una forma de vida que se enraíza en la tierra y florece en comunidad. El pasado sábado, la Feria Local de Intercambio de Semillas Nativas y Criollas convocó a productores, huerteros, guardianes del monte y vecinos comprometidos con la soberanía alimentaria, para un encuentro donde lo que se cultivó fue, sobre todo, la esperanza.

La actividad, organizada por el Movimiento por las Semillas Campesinas de Misiones y el Colectivo Semillas Autoconvocadas, contó con el acompañamiento de la Municipalidad de Montecarlo. Pero más allá de las instituciones, fueron las manos y las memorias de quienes participaron las verdaderas protagonistas de este intercambio. Porque cuando se habla de semillas criollas y nativas no se habla solo de agricultura: se habla de historia, de resistencia, de cultura viva.

Una feria sin venta, pero con abundancia

El modelo de feria que se vivió en Montecarlo es profundamente diferente al que solemos encontrar en otros espacios. Aquí no se vendió nada. En cambio, se compartieron semillas, bulbos, esquejes, plantines y, sobre todo, experiencias. Cada persona que llegó lo hizo no solo con el deseo de llevarse algo para su huerta, sino también con la voluntad de aportar desde lo que sabe y tiene. Este gesto, que podría parecer pequeño, encierra una dimensión política poderosa: ante la lógica del mercado que promueve el consumo y la propiedad, la feria propone la reciprocidad y el cuidado colectivo.

Las semillas que circulan en estos espacios no son cualquier semilla. Son nativas, criollas, adaptadas al territorio, resistentes y libres de modificación genética. Son las que pasaron de generación en generación, las que no están en los catálogos de las grandes empresas agrícolas, pero sí en la memoria de las familias campesinas y en los surcos de las huertas familiares. Intercambiarlas, entonces, no es solo un acto de cultivo: es una declaración de principios.

Montecarlo fue sede de la Feria de Intercambio de Semillas Nativas y Criollas
Montecarlo fue sede de la Feria de Intercambio de Semillas Nativas y Criollas – Foto Grupo Treinta y Tres

Soberanía alimentaria y biodiversidad: el trasfondo del intercambio

Detrás de la práctica concreta de intercambiar semillas, bulbos y plantines, hay una visión del mundo que se afirma y se defiende. La soberanía alimentaria, como concepto y como práctica, recorre toda la feria. Se trata de la posibilidad de que los pueblos decidan qué comer, cómo producir y cómo organizar su sistema alimentario, sin depender de insumos externos ni de imposiciones del mercado global.

El intercambio de semillas criollas es una herramienta fundamental para esa soberanía. Porque garantiza diversidad genética, autonomía productiva y saberes adaptados al entorno. En un contexto donde la agroindustria impone semillas híbridas, patentes y paquetes tecnológicos cerrados, preservar las variedades nativas es una forma de resistencia. Es también una manera de cuidar la biodiversidad, tanto natural como cultural.

Cada semilla que se intercambió en Montecarlo cuenta una historia. Algunas fueron rescatadas de la huerta de una abuela, otras vinieron de comunidades campesinas que hace décadas las conservan, otras se adaptaron a los suelos y climas del norte misionero gracias al cuidado amoroso de productores que no usan químicos ni agrotóxicos. Todas ellas son pequeñas cápsulas de memoria y de futuro.

Un espacio de encuentro entre generaciones y saberes

Una de las riquezas más profundas de la feria fue la diversidad de voces que se encontraron. Productores con años de experiencia compartieron con jóvenes que están empezando sus huertas; huerteros urbanos dialogaron con campesinos; vecinos curiosos aprendieron de quienes llevan décadas cuidando semillas. Este cruce intergeneracional y territorial es clave para que el conocimiento no se pierda.

La transmisión oral de saberes fue uno de los ejes más destacados. Porque mucho de lo que se sabe sobre el cultivo, el cuidado y el uso de las plantas no está escrito en libros ni manuales. Vive en las manos, en las charlas, en los intercambios. Y la feria fue, en ese sentido, un aula abierta y horizontal, donde todos enseñan y todos aprenden.

También fue un espacio donde se puso en valor la cultura campesina. Esa forma de vida que se basa en el respeto a los ciclos naturales, en el trabajo con la tierra, en la lógica del autoconsumo y la comunidad. Frente a un modelo agroindustrial que empobrece el suelo, expulsa a las familias del campo y contamina el ambiente, la cultura campesina ofrece una alternativa sostenible, sabia y profundamente humana.

El rol del colectivo y la organización comunitaria

El Movimiento por las Semillas Campesinas de Misiones y el Colectivo Semillas Autoconvocadas han sido fundamentales para hacer posible este tipo de eventos. Son organizaciones que trabajan desde hace años para visibilizar, preservar y promover el uso de semillas libres, y que entienden que sin organización comunitaria no hay soberanía posible.

La feria no se improvisa. Requiere tiempo, planificación, compromiso. Cada detalle —desde la logística hasta la invitación a los participantes, desde la difusión hasta el armado del espacio— es fruto del trabajo colectivo. Y ese trabajo, lejos de responder a intereses comerciales, nace del amor por la tierra, por los saberes y por la posibilidad de un futuro distinto.

En este sentido, el acompañamiento de la Municipalidad de Montecarlo también tiene un valor especial. Porque cuando las políticas públicas apoyan estas iniciativas, se abren caminos para su fortalecimiento, ampliación y sostenibilidad. La articulación entre el Estado y los colectivos que impulsan estos espacios es clave para que la práctica del intercambio se multiplique y llegue a más comunidades.

Feria Local de Intercambio de Semillas Nativas y Criollas – Montecarlo, Misiones
Feria Local de Intercambio de Semillas Nativas y Criollas

Montecarlo como referencia en la defensa de las semillas

La realización de la feria en el Jardín Botánico no fue un hecho menor. Este espacio, que alberga una gran diversidad de especies vegetales y cumple una función educativa, simbólica y ecológica, se convirtió en el lugar ideal para este encuentro. Allí, donde la naturaleza es protagonista, se potenció el mensaje de la feria: que las semillas son vida, que el conocimiento es colectivo, que la autonomía se construye desde abajo.

Montecarlo se consolida así como una referencia provincial en la defensa de las semillas nativas y criollas. La realización de la feria es una expresión concreta de ese compromiso, pero también es parte de un proceso más amplio. Escuelas, organizaciones, huerteros urbanos, técnicos agroecológicos, productores familiares: todos aportan, desde sus lugares, a que este paradigma se expanda y se afiance.

Más allá de la feria: una red que se teje día a día

La feria de intercambio es, sin dudas, un momento especial. Pero lo que sucede allí es apenas la punta del iceberg. Detrás del evento hay redes que se tejen día a día: intercambios informales entre vecinos, talleres de capacitación, proyectos escolares, ferias barriales, huertas comunitarias. Todo eso nutre el tejido que sostiene este movimiento.

El valor de estas redes es enorme. Porque permiten que las semillas circulen, se adapten, no se pierdan. Pero también porque promueven valores de solidaridad, reciprocidad y compromiso con el entorno. En tiempos donde el individualismo y el consumo parecen dominarlo todo, estas prácticas abren la puerta a otros modos de estar en el mundo.

Una invitación a sumarse

Quienes participaron de la feria saben que llevarse una semilla no es solo una acción práctica. Es un gesto de compromiso. Esa semilla necesita ser plantada, cuidada, observada. Y, cuando llegue el momento, vuelta a compartir. Así funciona esta red viva: como un sistema abierto donde nadie se guarda todo, donde el conocimiento se multiplica y donde el futuro se cultiva en presente.

La feria deja, además, una invitación abierta. A quienes tienen una huerta, por pequeña que sea. A quienes recuerdan los yuyos que usaban sus abuelos. A quienes quieren alimentarse de otra manera. A quienes sienten que hay que hacer algo frente al avance del modelo hegemónico. A todos ellos, la feria les dice: hay otra forma. Y está al alcance de nuestras manos, de nuestras semillas y de nuestra voluntad de tejer comunidad.

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En tiempos donde la alimentación está cada vez más mediada por procesos industriales y mercados globalizados, donde las semillas tienden a concentrarse en pocas manos y donde la diversidad se ve amenazada, encuentros como la Feria Local de Intercambio de Semillas Nativas y Criollas en Montecarlo son faros. Faros que iluminan otras formas de hacer, de vivir, de vincularnos con la tierra y entre nosotros. Faros que, como las semillas que allí circulan, no son estáticos: germinan, crecen, se expanden.

Y en esa expansión, se juega mucho más que la próxima cosecha. Se juega la posibilidad de un futuro diverso, justo y enraizado.

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