El planeta ha vivido a crédito con sus recursos hídricos y la cuenta ha llegado. Con una contundencia pocas veces vista, Naciones Unidas ha declarado la «bancarrota hídrica» global, una advertencia que deja de ser una proyección a futuro para convertirse en un diagnóstico del presente. Este colapso no es una abstracción, sino una realidad palpable que se manifiesta con crudeza en diferentes rincones del mundo, desde la lucha por la supervivencia en Gaza hasta la emergencia sanitaria que acecha a millones en Iraq.
Un sistema global en números rojos
La metáfora de la bancarrota utilizada por la ONU es precisa y alarmante. Durante décadas, la humanidad ha extraído agua de acuíferos subterráneos a un ritmo más rápido de lo que la naturaleza puede reponerlos, ha contaminado ríos y lagos con desechos industriales y agrícolas, y ha alterado los ciclos de lluvia a través del cambio climático. Hemos gastado un capital natural que no nos pertenecía, y ahora enfrentamos las consecuencias de un sistema quebrado.
Esta declaración no es un llamado de atención más; es la constatación de que el modelo actual de consumo y gestión del agua es insostenible. La seguridad alimentaria, la salud pública y la estabilidad geopolítica dependen de un recurso que hemos dado por sentado. El agotamiento de este «crédito» natural nos obliga a repensar radicalmente nuestra relación con el agua, pasando de una mentalidad de abundancia infinita a una de gestión responsable y circular.
Los rostros de la sed: de Iraq a Gaza
Mientras el diagnóstico se hace a nivel global, los síntomas se sufren a nivel local y con un costo humano devastador. En Iraq, cerca de ocho millones de personas enfrentan riesgos mortales directamente relacionados con el agua. La histórica cuenca de los ríos Tigris y Éufrates, cuna de civilizaciones, sufre hoy sequías extremas, contaminación y una infraestructura deficiente, creando un cóctel letal de escasez y enfermedades.
En Gaza, la crisis humanitaria y ambiental alcanza niveles desesperados. Si bien la noticia más reciente informa de nueve muertes por hipotermia, esta tragedia está intrínsecamente ligada al colapso de los servicios básicos, incluido el acceso a agua potable y saneamiento. La falta de agua segura agrava las condiciones de vida, debilita la salud de la población y la hace más vulnerable a enfermedades y a las inclemencias del tiempo, demostrando cómo las crisis ambientales y humanitarias se retroalimentan de forma trágica.
La declaración de la ONU no es una profecía, sino una descripción del mundo actual. Los casos de Iraq y Gaza son las primeras y más visibles grietas de un sistema hídrico global que se desmorona. La bancarrota es un hecho; la única pregunta que queda es si seremos capaces de reestructurar la deuda con el planeta antes de que las consecuencias sean irreversibles para todos.





