En el Día Internacional del Suelo, especialistas y organizaciones recuerdan la urgencia de cuidar un recurso silencioso pero esencial para la vida en el planeta.
Cada 7 de julio, se conmemora en varios países de América Latina el Día Internacional del Suelo, una jornada dedicada a reflexionar sobre la salud de este recurso vital, a menudo olvidado pero imprescindible. El suelo sostiene la vida vegetal, filtra el agua, regula el clima y permite la producción de alimentos. Sin embargo, también es uno de los recursos más degradados del planeta.

Según datos de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), el 33% de los suelos del mundo ya están degradados, y cada año se pierden millones de hectáreas fértiles debido a la erosión, la contaminación y la expansión urbana.
El impacto humano
Entre las principales causas del deterioro del suelo se encuentran:
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La agricultura intensiva y el uso de agroquímicos, que empobrecen la biodiversidad del suelo.
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La deforestación, que deja la tierra expuesta a la erosión.
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La urbanización descontrolada, que sella el suelo con cemento, impidiendo su función ecológica.
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El desperdicio de alimentos, que incrementa innecesariamente la presión sobre la tierra cultivable.
La pérdida de suelos fértiles no solo reduce la capacidad de producir alimentos, sino que también contribuye a la desertificación, al cambio climático y a crisis hídricas.
Claves para un cambio sustentable
Ante este escenario, especialistas en gestión ambiental y producción sustentable proponen alternativas y acciones concretas que ciudadanos, productores y gobiernos pueden implementar:
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Promover la agricultura regenerativa y agroecológica, que trabaja con los ciclos naturales del suelo, sin degradarlo.
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Evitar el uso excesivo de pesticidas y fertilizantes químicos, reemplazándolos por bioinsumos.
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Compostar los residuos orgánicos domésticos, devolviendo nutrientes al suelo de forma natural.
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Fomentar la cobertura vegetal permanente, tanto en espacios rurales como urbanos, para evitar la erosión.
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Desarrollar infraestructuras verdes en las ciudades, como huertas comunitarias, jardines de lluvia y techos verdes.
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Cuidar los bosques y reforestar, para mantener el equilibrio hídrico y biológico del suelo.
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Reducir el consumo innecesario, especialmente de productos altamente industrializados que requieren grandes extensiones de tierra para su producción.
Una responsabilidad compartida
El cuidado del suelo no es tarea exclusiva del agro o los gobiernos: también involucra a consumidores, educadores, estudiantes y organizaciones sociales. La educación ambiental, el acceso a la información y las políticas públicas inclusivas son claves para revertir el daño.
En este 7 de julio, la invitación está hecha: volver a mirar la capa delgada que sostiene bosques, ciudades y cosechas, y asumir el compromiso de cuidarla. Porque sin suelo sano, no hay futuro posible.
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